Opus 35

Uno siempre está solo, pero a veces está más solo. Y hay días en que descubres que nadie va a venir. Que aunque vinieran, ni siquiera estarían. Que se te ha metido dentro la soledad, que no es nadie realmente. Por eso nadie seca tus lágrimas y solo te abraza el oxígeno intangible que te rodea y que te mantiene con vida. 
No queda nada ya. 

Cambio climático

No es bien sabido si el fuego abrasador lo envía dios como purga, como castigo por tanto pecado, por destruir todos esos hijos cuervos su obra, lo público divino que fue y que nos ha sido permitido utilizar; o si acaso es ya la victoria del diablo, del mal, y esto es entonces el tan descrito y aclamado fuego infernal. 
Yo prefiero pensar lo primero, porque en el fondo mi fe en el bien es férrea, y solo puedo rezar porque la palabra divina se cumpla con firmeza. Porque el bien, a pesar de las ideas corruptas del hombre, también y necesariamente causa pena, dolor y sufrimiento. Porque la ira como el amor de dios es tan inconmensurable como él mismo. Que nos abrasemos todos, sin distinción, que paguen justos seres por pecadores hombres, que se limpie la tierra y sea solo, por fin, Lo real.

El ser animálico

 La evolución del ser humano, su desarrollo, su código moral, sus leyes, su ordenación, simplemente son puros espejismos del lenguaje. La raíz del hombre es la misma y como especie, el comportamiento, intuiciones e instintos no difieren entre los diferentes humanos que habitan y habitaron, sincrónica y diacrónicamente. 

Pura fantasía reveladora sería un documental, de profundas notas animálicas, que atienda al contenido de la especie y no al contenido del lenguaje. Un retrato extraño de nosotros mismos, que pueda despertar ese conocimiento absoluto que tanto hemos buscado, en el cielo, en la tierra, en las estrellas, en el núcleo de la tierra, en las galaxias lejanas. 

Un creador que nos pinte como somos: Homos dicen ser. Sapiens como categoría se atribuyen, en base a una estructura hecha por ellos mismos. Y todo el ruido que han hecho por los siglos de los siglos ha sido producto de una obcecación por cumplirse a sí mismos, como si el destino del hombre fuera el propio hombre. Como si hubiera un destino, si acaso, que hubiera que plantearse. 

Y no es que fuera del lenguaje no haya nada, el abismo, expresión delirante donde las haya. Es que fuera del lenguaje solo está eso, un visión reveladora de que, al margen de las lenguas, de lo complejo de la estructura social y los sistemas culturales, lo que hay es una especie que, en esencia, tampoco tiene tanto de especial. 

Qué significamos como especie. Cómo nos pintaría la IA si pudiéramos explicárselo. ¿Será capaz de revelarse un día y retratarnos como especie? De plasmar nuestros comportamientos con paternalismo, como hacemos los hombres con los demás seres, sin vernos a nosotros reflejados en aquellas criaturas. 

Qué dirá de nosotros esa extranjera, esa extraña, que nos escruta lejana y objetivamente, sin historia ni emoción de por medio que le impida ver con claridad todo lo que sobresale por encima de las cosas. 

El regalo

 Rebuscando otra cosa me encontré tu regalo. Como lo plastificaste entonces, sigue intacto. Me describías en pocas palabras, muy bien elegidas y sin embargo, estoy segura que no las elegiste. Solo dijiste. Solo pensaste y lo escribiste. Era hermoso entonces porque me hiciste creer que yo era eso. Y quizás lo era y por eso lo dijiste, tú que tanto amas la verdad. Pero hoy, cuando lo encontré entre las páginas de un libro, tuve que hacer memoria para comprender a qué te referías. Lo encontré muy rápido, entre mis recuerdos, pero tuve que hacer ese ejercicio memorístico para comprender a quién le decías las palabras escritas. Ahora ya no soy eso. Soy otra cosa, tan otra como cualquier otra, siguiendo el camino o conformando el camino como los adoquines que un día son puestos en la calzada y relucen para después llenarse de tierra y aplastarse. Y sin embargo, todo está en su sitio, en su perfecta unión. El amor es extraño. No puede uno comprender cómo se transforma tanto y sigue viviendo de la manera en que lo hace. Supongo que es justamente eso. La convicción racional de lo incomprensible. 

Gatos

 Me gusta leer cuando solo mis gatos me rodean. Es como estar en una extraña biblioteca que no existe. Un espacio donde la paz reina, donde el conocimiento aguarda sin prisa alguna. Un lugar donde solamente estás. Hay silencio pero los pequeños y breves ruidos del exterior que son lejanamente perceptibles lo convierten en una ausencia plácida, acompañada. Mis gatos mueven sus orejas, cada uno en un sitio distinto de la sala, y miran hacia esos ruidos como si estuvieran observando algún fantasma. Pero sus ojos son mansos, por momentos los cierran levemente y cuando parece que van a dormirse, miran hacia otro lado. No tienen miedo. Están tranquilos. No tienen prisa. No existe humano sobre la tierra que pueda reconfortarme como lo hacen mis gatos, día tras día, sin que ellos se den cuenta. Menos mal. No sabría cómo, no tendría forma de poder devolvérselo. 

La nación ganadora


Vuestro gozo solo existe en la medida en que en vosotros radica un racismo interno y profundo del que no podéis libraros. Mientras no podáis desembarazaros de él, mientras sigáis mirando a vuestros semejantes del sur con la mirada del odio, nunca seréis libres y vuestro gozo estará siempre limitado. Desde el vientre de vuestra Madre, toda egoísta ella en miras de su familia, ha sido engendrado aquello que veneráis y aquello por lo que alzáis vuestras banderas. Su afán de proveer a sus vástagos, que sois vosotros, de todo aquello que en el mundo existe os ha hecho esclavos de la materia. Los pequeños esfuerzos sin recompensa no son valorados. La pena más grande es que la vida, mientras y al final, son los fracasos y solo permanecen las pequeñas flores desecadas que puede uno recoger del suelo cuando menos se lo espera. Después de la muerte, ellas son las que descansan sobre las tumbas. 
Mientras sigáis anhelando la victoria siempre, vuestro odio nunca cesará y no habrá gozo que no esté manchado y respiración profunda que alcance el alma. El mayor premio que recibiréis será la condición inhumana de todo aquello que engendre vuestra Madre, quien os salvaguarda sin mirar más allá de su propio terruño.

El sacrificio a la Verdad

El edificio tenía un enorme agujero en el medio. Un tragaluz iluminaba el montón de monigotes estrellados contra el suelo. Tenían la cabeza rota, los ojos abiertos y fuera de las órbitas. Las cuencas se habían saturado al impactar contra el suelo desde las altas esferas. Sus miembros estaban desarticulados, desencajados de sus respectivos sitios. 
Allí yacía el aborrecible cuerpo del profesorado. Lo habían empujado al vacío una multitud de seres invisibles, sin cara, desculturizados y uniformados, con la mandíbula desencajada. 

Los cristales están sucios

Tengo que limpiar los cristales. Tienen gotas negras, aplastadas, contaminadas. Me quitan la transparencia. Me hacen de filtro involuntario. Aunque no es cierto. No son ningún filtro ni me quitan la transparencia de nada. No. No debería confundirme así, andar soñando y hablando en estos términos. No es por ver mejor los edificios, las antenas o las nubes moverse. No. Es porque ahí se detienen mi ojos. En las manchas. Las manchas me molestan porque están donde no tienen que estar. Me lo dijo una señora vieja enfadada una vez, "dejas manchas donde no tienen que estar". Debería dejar las manchas donde están. Como terapia, para olvidar a la señora vieja afeitada y llena de alajos. Pero no puedo. Cada vez que levanto la vista del escritorio, están las manchas en el cristal. Veo los edificios manchados, las nubes manchadas, las antenas parecen una mancha alargada más entre las manchas. Quizá no las limpie, quizá tenga que estar incómoda frente al enorme ventanal ahora a mí dado. Pero creo que las voy a limpiar. Sin duda las limpiaré lo antes que pueda. Al fin y al cabo, no tengo que hacer nada para que vuelvan a ensuciarse por sí solos. 

Botánica

Se añade un exceso de abono en la maceta, sobre la tierra de una planta sana y vigorosa. Se finge después olvidarlo. Se comienza a observar cómo las flores y hojas empiezan a quemarse desde dentro, "inexplicablemente". Después, de forma gradual a la destrucción, se van sustituyendo las flores y las hojas por flores y hojas de plástico.

Un día la planta será enteramente artificial y nada tendrá que ver con el civismo de lo bonito.
Qué ordinariez.

Los niños quieren ser futbolistas


El boxeo es el viejo capitalismo moribundo. Nada se puede hacer ya por él. Que lo dejen morir y hacerse museo, compendio. Pertenece a la época del sudor y la sangre reales, de las fachadas grises de las peligrosas urbes del pasado, de los animales degollados por tu madre, por tu abuela. El boxeo es como ese abuelo peleón que no entiende el juego de los niños que habitan hoy el mundo entero. El boxeo dice la vida es dura, la vida es sufrimiento, la vida es ganarse el bocado que uno se lleva a la boca, la vida es encomendarse a Dios y suplicar fortuna y piedad. El niño de hoy dice que la vida es juego, la vida es sonrisa, la vida es supermercado, la vida es encomendarse a los méritos de uno mismo porque el niño es capaz de todo si él se lo propone.

Hoy todo está lleno de sangre, pero es sangre que sonríe, es sangre decolorada, es sangre blanca o azul. Si la sangre no llora, ¿acaso no es sangre? Si la sangre es sangre pensada y no sangrante, ¿no es igual consecuencia de una herida?

Hay que reconocerlo. El mundo es más bonito hoy, nunca fue más bonito, nunca se pareció tanto al dibujo de un infante, con su casita poligonal, el gigante sol abrasándolo todo, los monigotes tiesos, bidimensionales, sonrientes, idealmente escuálidos. Al niño no se le enseña a dibujar la sangre, no se le enseña la muerte y el niño no dibuja entonces ni sangre ni muerte.

Los niños hoy quieren ser futbolistas. Ayer los hombres quisieron ser boxeadores.  

¿Qué es la salud?

La salud, de una forma inclusiva, absoluta, es la ausencia de conflicto. Un cáncer es conflicto entre un cuerpo aferrado a la vida naturalmente y una masa cancerosa que intenta eliminarlo. El estrés es el conflicto entre la necesidad de detenerse y descansar frente a la imposibilidad de hacerlo. La depresión es el conflicto entre las ganas de vivir y la ausencia de ganas de seguir viviendo. Pero salud también es salud social, y una sociedad sana es también aquella en la que no existen los conflictos. Aquella en la que la lucha no tiene sentido porque no hay por qué luchar. Pero una sociedad sana es una sociedad utópica, una en la que no es necesario el mal para que exista el bien. Y es utópica porque el hombre individual, a través del cual se constituye lo social, no puede huir del conflicto porque se encuentra, reside en él mismo y es precisamente lo que hace que el individuo humano sea lo que es. Aunque se encontrara la cura a todas las enfermedades, la muerte seguiría existiendo. Y aunque se encontrara la fórmula de la inmortalidad, el hombre seguiría existiendo desde un espíritu crítico innato que niega que las cosas sean como se las entrega la naturaleza. De forma que el hombre es intrínsecamente conflicto. El hombre es, por tanto, intrínsecamente insano. La salud, es, sin embargo, el oponente del hombre y aquello que se le niega absolutamente y es, al mismo tiempo, aquello que busca incesantemente y sobre lo que descansa todo el imperio construido.

Dientes

Ya no hay sitio para tanta comedia. La risa se ha convertido en una mueca repugnante, foco de escupitajos de desinterés. Queremos reír. Necesitamos reír porque no hacerlo resulta insoportable. Pero lo insoportable es lo que tenemos. Lo que tenemos es esto y por más que lo ensordezcamos, no tenemos otra cosa. Por más que podamos reír de la comedia, no tiene gracia alguna. Detrás de los pequeños objetos no son los recuerdos los que se esconden, sino una barbarie que acusa nuestras entrañas y que matamos con la risa. Porque, no nos confundamos, asesinatos ha habido muchos por reír, pero a nadie atacamos con nuestra risa hoy sino a nosotros mismos. 
Y solo hay que ver cómo a un muerto de hambre con hijos lo convencen para que invierta miles de horas en la sonrisa de su vástago. Porque en los agujeros de los dientes visibles se acomoda la barbarie, porque si a los dientes de un vástago se los puede comer un bicho invisible, que será de todos nosotros. Lo feo, lo sucio, lo infestado, lo negro, lo manchado, lo hueco, se limpia y se rellena entre blancura y batas blancas. Porque Dios es blanco. Porque la paloma de la paz es blanca. Y porque todo ello nos hace sonreír amablemente con unos limpios y alineados dientes blancos. Y si llegara el día en que uno se atreviera, un solo, a reírse y lo mataran por ello, habría que abrirle la boca para verle los dientes.